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Cuando el AMOR no es causa ni consecuencia

Nos conocimos hace unos tres años. Estábamos en un bar de Madrid. Nuestros respectivos novio y novia no habían podido salir con nosotros. Nos hallábamos en una mesa de cuatro. Después de unos veinte minutos él me hizo una pregunta y bastó para que la conversación no terminara jamás.

Hablamos de todo, y el resto del mundo dejó de existir. Comenzamos con las últimas películas que habíamos visto en el cine y a partir de ellas de todo lo demás. Ni siquiera lo había mirado bien. Era guapo, más alto que yo y de mi mismo color de piel, ojos y pelo. Pero eso no fue lo que me impresionó, sino el descubrir en menos de una hora que nuestra percepción de casi todo era la misma.

Nunca voy a olvidar esa tarde, después de esa noche, en la que quedamos en ir a El Capricho a tomar fotos y no tomamos ninguna. Hasta que anocheció hablamos de nuestras vidas, o de lo que eran en ese momento, hace ya tanto tiempo... Creo que fue la primera vez que me enamoré de él, porque luego siguieron otras 3 o 4 más.

Desde ese día nos hicimos inseparables. Le hice enamorarse del Ruta y con esa excusa nos veíamos cada fin de semana en los conciertos. Lo hice salir de sus sitios de siempre y de cuando en cuando en alguna discoteca de moda, donde nos veíamos con otras personas al lado y sentíamos celos casi salvajes. Un año nuevo me hizo llorar entre varios tequilas verlo pelear por otra chica. Sé, por que lo sé ahora, que él pasó por lo mismo al verme pasar de unos brazos a otros.

Hemos compartido Madrid en todas las estaciones climáticas y emocionales del año.
La mejor ropa interior la he tenido puesta cuando tuve que dormir tres meses a su lado. A mí siempre me gustaron sus camisetas. Me ha tomado tres mil fotos con ellas puestas que nunca he visto porque no me gusta que me fotografíen. Pero ahora tengo al lado izquierdo de mi cama una foto de los dos mirando un lago.



Él sabe todo de mí: que no como nada que venga del mar, que me gustan los zapatos, vestir de negro, el café con leche, la cerveza; que odio la impuntualidad, y que me encanta ver películas zampando patatas fritas frente al PC.

Yo sé todo de él: le gusta vivir al aire libre, odia las aglomeraciones y disfruta tocando la guitarra en sus ratos libres escuchando a Pink Floyd de fondo. Me hace feliz, me hace reír y le gusta estar siempre conmigo. Soñamos con algún futuro juntos, traspasando la barrera del espacio y del tiempo, pero ni nos casaremos ni tendremos hijos.

Nunca olvidaré un montón de cosas que hemos compartido. Amantes, aventuras y amores de verdad. Borracheras, comilonas, amigos y viajes. Permanecerá en mi memoria la mañana después de una larga noche de copas, en la que entró a mi habitación y los dos casi desnudos nos abrazamos en la oscuridad alumbrados por las luces de colores en forma de estrellas que me acababa de comprar y oyendo mi último CD de NIN.

Tengo que decir que él ha hecho lo que nadie hizo por mí: el haber cruzado media España para encontrarnos en otra ciudad con la única condición de que no vuelva a llorar por lo que no vale la pena, y para que no esté sola. Creo que nadie ha hecho un viaje tan largo por mí.

En Noviembre quizá hagamos algún viaje juntos, le dije que quiero irme lejos de aquí con alguien a quién quiera de verdad.

Seguro que os preguntáis por qué él no es mi novio. A pesar de haberme enamorado de él varias veces en el tiempo que nos conocemos, prefiero que sea mi mejor amigo para siempre que un novio que en algún momento no quiera volver a ver. Un ex novio al que con el tiempo sólo guarde rencor. Una persona a la que recordar con nostalgia y dolor. Porque a fin de cuentas, ese es el sentimiento que nunca quiero sentir: el desamor.

Para mí es el hombre perfecto, mi alma de repuesto, mi refugio y mi compañero. Vive en Madrid y sé que me quiere, y eso es suficiente para jamás sentirme sola. Es el amigo de esos que no sabía que existían; y eso es suficiente para no querer que sea un novio con fecha de expiración.

Sé, por las veces que hemos reído y llorado, que jamás lo voy a perder. Ojalá la novia que venga, que vendrá, lo quiera como yo, para siempre. Y que el mío me quiera como él me quiere, con bondad, con paciencia y una confianza que siempre ha trascendido fronteras de tiempo y espacio estúpidas que vamos a seguir cruzando juntos.