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¿Recuerdas aquella noche?

¿Recuerdas aquella noche? esa en que te di un beso, cuando la luna brillaba sobre la laguna y las estrellas se confundían en las pupilas de nuestros ojos...


¿Recuerdas lo que me dijiste? que no importaba en qué vida, en qué momento, en qué historia, siempre estaríamos juntos, pasara lo que pasara...

¿Recuerdas lo que te dije? que no importaba cuán lejos me tocara ir, qué peleas luchar o qué imperios construir, que allí estaría siempre para cumplir con tus palabras...

¿Recuerdas lo que pasó después? nos quedamos abrazados, en silencio, sintiendo la brisa sobre nuestros rostros desde la parte más alta de la torre abandonada. Mientras, el horizonte de aquella tierra conquistada nos decía que nada sería eterno...

Sólo nosotros...


¿Recuerdas cuándo pasó? no; ya ni la Historia lo recuerda, ni la tierra recuerda sus dueños, ni los escudos reposan en el salón. Ya incluso aquella torre, está por desplomarse...

3 Retales:

Verònica dijo...

què bello, y què cierto, asi es... no son eternas las relaciones que mantenemos, a lo sumo tienen su ciclo de vida y esa vida puede ser muy larga, o muy breve pero intensa, y eso es lo que cuenta, con què intensidad nos entregamos.. cuànto disfrutamos del momento en que las maravillas suceden. me gustò este post, la relaciòn bonita con las fotografias, besito, Vero.

Andr� dijo...

Si no te parece presuntuoso, dejaré un comentario en forma de mi propio cuento:

La burbuja, sin precisar número de conclusiones, carece de finalidad. La gente que pasa por nuestro reloj de arena se encomienda a pensamientos que nunca terminaron de comprender, quizá con la finalidad de ser (o dejar de ser) aquello que los asusta.

Te dejé partir en aquel cascarón protector, derivando por la mar traicionera, mientras me alejaba por el camino que lleva a tu casa. Tarareaba aquella canción, la que compusimos en nuestra niñez y en el corazón llevaba tu recuerdo, el último que obtuve de tí, de tu mano. Procederé a describirlo. Tú, sentado en aquel tocón muerto, mirabas hacia nuestra montaña, vuelto hacia tu mundo interior. Las nubes blancas se agazapaban tras la cumbre como un gato acechando a las palomas y en mi corazón crecía una incertidumbre sobre el límite de una variable tan extraña como nuestro amor.

Emergiste de tu mundo interno, con los ojos poblados de olas salvajes y nubes de cielos extraños y al mirarnos, comprendí que ya habías partido hacia otros lugares, que no nos serían comunes nunca, a pesar de mi proximidad en tu corazón.

Muchas gracias por el espacio.

pepe pereza dijo...

Lo importante es vivir el momento, aunque sepamos que este es efímero. De hecho el presente no existe, para cuando somos conscientes del presente ya es pasado. Incluso cuando nos tocan, las terminaciones nerviosas tardan unas milésimas de segundo en enviar esa sensación al cerebro, con lo cual siempre sentimos en pasado.